Los Tres Venenos
Quinientos años antes de que Jesús dijera “Ama al prójimo como a ti mismo”, Lao Tse, escribió “Responde al odio con amor”.
Los
taoístas reconocen que los estados de ánimo más tóxicos, los que producen la
mayor infelicidad, son los que están infectados por lo que los budistas llaman Los Tres Venenos: la ira, la avaricia y la
envidia. Lao Tse sabía que la paz
duradera no es el fruto de la imposición de la ley y el orden, sino más bien de
la serenidad interior.
Solo
cuando la mente se limpia de Los Tres Venenos, puede volver a su estado de
dicha inmaculada: el Bloque Intacto.
Desintoxicar
tú mente es una tarea personal que nadie puede hacer por ti. Solo tú puedes
provocar tu ira, tú avaricia o tú envidia y solo tú puedes eliminar esos
impedimentos para lograr la plenitud.
Todo el mundo tropieza con
obstáculos a lo largo de su vida y son parte de la existencia humana, por lo
que debemos de agradecer de manera cíclica.
Lao Tse
aprendió del I Ching (Libro de las Mutaciones) y de su propia
vida y lo plasmo en el Tao Te Ching
o Tao Te King, hay veces que las fuerzas exteriores se alinean
para favorecer nuestras aspiraciones y otras en que se alinean en contra y se
oponen a ellas.
Todos
sabemos qué hacer en el primer caso, cuando las fuerza exteriores no son
favorables, simplemente aprovechar la oportunidad, pero el verdadero arte de
vivir y el perdurable poder del Tao
solo se ponen de manifiesto en el segundo caso, cuando nos enfrentamos con
obstáculos.
En
estos casos, el I Ching le enseña a
nuestro sabio interior que se desprenda de las personas o situaciones que le ponen
trabas y que se retire a un entorno tranquilo y contemplativo donde pueda hacer
surgir su poder interior. De esta forma, cuando los ciclos del mundo se nos
vuelvan favorables, estaremos mejor preparados para hacer realidad nuestras
intenciones.
Ira
Para los taoístas, las toxinas
mentales son consecuencia de una visión negativa del mundo y de nosotros
mismos. Si cambiamos los pensamientos
negativos por pensamientos positivos, los subproductos de nuestra conciencia
dejarán de ser tóxicos para ser alegres. Y esta es la fuente de la felicidad
verdadera. Para que el cambio se produzca, hay que practicar a diario,
ejercitar con diligencia la fuerza de voluntad, reforzar sin tregua la visión
positiva de nosotros mismos y del mundo en vez de la negativa. Entonces el
mundo responde con la misma moneda, tal como las cuerdas reaccionan a las
frecuencias del diapasón.
Si
tu mente emite frecuencias negativas, tu mundo resonará negativamente, si son
positivas, lo hará positivamente. Es ley de la naturaleza que esto suceda.
Según
el Tao, si estás enojado, el origen
de tu enojo no radica en la ira divina, ni en las deformaciones psicológicas
que hayas aguantado de niño. Más bien reside simple y llanamente en el hecho de
que no estás dispuesto a acomodar tu mente a la realidad. Las personas se
enojan cuando esperan que el mundo se incline en una dirección determinada y en
cambio se inclina en otra. Las personas se enojan cuando esperan que alguien se
comporte de un modo determinado con ellas y en cambio ese alguien se comporta
de otra manera. El enojo siempre está
dispuesto a llenar el hueco que media entre lo que esperas de la realidad y la
realidad misma. El enojo surge cuando permites que tu ego se inflame con expectativas
incumplidas. Se desvanece cuando privas a tu ego de toda expectativa y permites
que tu conciencia resuene con arreglo a la realidad en lugar de albergar
disonancias contra ella.
Actuar
de esta manera, no significa que debemos someternos apáticamente a todas las
injusticias del mundo, ni mucho menos. Personajes como Sócrates, Thoreau,
Ghandi, Luther King, nunca se enojaron, nunca sucumbieron al odio, nuca
recurrieron a la violencia.
El método
taoísta para liberarse del enojo consiste en instalarse en un lugar tranquilo
en dónde estés rodeado por la simplicidad de la naturaleza y en regular tu
respiración. Entonces gradualmente tu mente sintonizará con la realidad y
acabará por apreciar la belleza y la armonía que te rodeen. Entre tanto, lo que
tú esperas del mundo y de los demás se quedará por el camino. El enojo se
disipará y en su lugar florecerá el amor desinteresado.
La Avaricia
Las
personas avariciosas nunca son felices
simplemente porque no logran satisfacerse. La avaricia enturbia la mente con
deseos, y el deseo no conoce final. Podemos quedar satisfechos temporalmente,
cuando cubrimos una necesidad, pero de inmediato nacen nuevos deseos y así
continua la insatisfacción permanente. Las personas que necesitan algo pueden
quedar satisfechas al cubrir sus necesidades, mientras que las personas que son
psicológicamente “necesitadas”, nunca están satisfechas porque siempre desean
algo más, algo distinto. Es el ego el que necesita cosas, y alimentar el ego
sólo sirve para convertirlo en un monstruo insaciable.
La avaricia no solamente hace
infeliz a las personas al privarlas de la posibilidad de sentirse satisfechas:
también hace infelices a las personas de su entorno porque la gente avariciosa
privará a los demás de cosas que necesitan en un fútil intento por satisfacer
su propio deseo. Igual que el enojo, nuestra avaricia se vuelve destructiva contra
nosotros y nuestro entorno.
Los
orígenes de la avaricia los podemos hallar en la primera infancia. Cuando a un
niño se le priva de su justa medida de cosas (juguetes, atención, amor de los
padres) o se le vuelve mimado porque se le da más allá de lo que le
corresponde, o se tiene miedo de no tener suficiente o de perder lo que se
tiene, la avaricia puede dominarlo para
intentar compensar esa situación. Pero eso está condenado al fracaso desde el
principio, pues la naturaleza misma de la avaricia garantiza que ninguna
porción por más grande que sea, será capaz de llenar este vacío. Cuando más
compensados estamos o más ganamos, más agudamente sentimos el vacío y más
ardientemente buscamos más compensación o ganancia y, además, a toda costa.
Éste es el círculo vicioso de la avaricia, un tormento insaciable.
La
avaricia adopta muchas formas y puede manifestarse como lujuria, robo,
glotonería, acaparamiento, hedonismo y una depravada indiferencia hacia el
prójimo, junto con la incapacidad crónica de compartir, dar, perdonar y ser
empático, caritativo o filantrópico. Todas y cada una de las formas de la
avaricia conducen a la propia infelicidad y a la del prójimo.
Los celos como una forma de avaricia
Los
celos suelen confundirse con la envidia, aunque en realidad son una forma de
avaricia. Una persona siente envidia cuando ansía algo que otra tiene y ella
no, como riqueza, fama, poder, etc. Esto es diferente de la avaricia, porque el
avaricioso no carece de la cosa en cuestión sino que no puede lograrla en
cantidad suficiente para satisfacer sus ansias. Una persona se pone celosa
cuando teme perder algo que ya posee, como por ejemplo cuando ve que su marido
mira a otra mujer.
Puede tener celos de la otra
mujer por miedo a perder el deseo, el amor o la fidelidad de su marido. Los
celos funcionan más como la avaricia, puesto que pueden volvernos en exceso
posesivos con las atenciones de otra persona, hasta el punto de desear monopolizarlas
sin que nunca tengamos suficiente.
Al
igual que el enojo, la avaricia puede disiparse de la mente. A diferencia del
enojo, la avaricia es menos debilitante que el enojo y por lo tanto puede ser
más fácil razonar con personas que padecen de avaricia y arrancarla de raíz
antes de que avance más y sea más perjudicial.
Desde el punto de vista taoísta,
quienes buscan cubrir sus necesidades básicas no son avariciosos, mientras que
quienes son avariciosos siempre desean mucho más de lo que necesitan.
El
antídoto contra la avaricia reside en desear cada vez menos en lugar de cada
vez más. Al reducir tus deseos impedirás que éstos eclipsen tus necesidades. Y al
satisfacer solo tus necesidades, descubrirás que la satisfacción ocupa el lugar
de la avaricia. Una eliminada la avaricia, sentirás felicidad.
La envidia
Una persona celosa es la que teme
a perder algo que ya es suyo, mientras que una persona envidiosa desea poseer
algo que tiene otra persona. Ambos estados mentales son ponzoñosos y conllevan
sufrimiento.
La envidia es un veneno presente en casi todas las personas, casi todos la hemos sentido en alguna ocasión. Tan extendida es la envidia, que casi todas las religiones la conciben como perniciosa. El Décimo Mandamiento dice “No codiciarás”. El catolicismo romano concibe a la envidia como una de los “Siete pecados capitales”.
Aunque la envidia no es tan explosiva, la envidia también tiene semillas de autodestrucción. Adán y Eva cayeron en la tentación de probar la fruta prohibida, por el atractivo que representaba la envidia que sentían por los Dioses. La serpiente les dijo “Comed esto y seréis como dioses”, y el precio que pagaron fue su expulsión del Paraíso.
Sus hijos Caín y Abel, también fueron víctimas de la envidia que resultó en el asesinato de Abel a manos de Caín.
También hubo envidias y rivalidad entre los descendientes de Abraham; Isaac e Ismael, cuya envidia por sus respectivas herencias terminó con la ruptura entre judíos y árabes y después entre el cristianismo y el islam, conflicto que aún persiste y afecta al mundo entero.
El Tao Te King señala “No hay mayor desgracia que no saber contentarse”. Las personas envidiosas son desgraciadas porque precisamente no están contentas consigo mismas ni con nada de lo que les depara la vida. Piensan que los demás son felices porque tienen cosas que ellos no poseen.
La gente envidia a los demás porque piensan que ellos consiguieron las cosas sin ningún esfuerzo o que por tener tal o cual cosa, solo por ese hecho son felices. “Para cada alegría pública también existe un pesar privado”.
La envidia es un veneno presente en casi todas las personas, casi todos la hemos sentido en alguna ocasión. Tan extendida es la envidia, que casi todas las religiones la conciben como perniciosa. El Décimo Mandamiento dice “No codiciarás”. El catolicismo romano concibe a la envidia como una de los “Siete pecados capitales”.
Aunque la envidia no es tan explosiva, la envidia también tiene semillas de autodestrucción. Adán y Eva cayeron en la tentación de probar la fruta prohibida, por el atractivo que representaba la envidia que sentían por los Dioses. La serpiente les dijo “Comed esto y seréis como dioses”, y el precio que pagaron fue su expulsión del Paraíso.
Sus hijos Caín y Abel, también fueron víctimas de la envidia que resultó en el asesinato de Abel a manos de Caín.
También hubo envidias y rivalidad entre los descendientes de Abraham; Isaac e Ismael, cuya envidia por sus respectivas herencias terminó con la ruptura entre judíos y árabes y después entre el cristianismo y el islam, conflicto que aún persiste y afecta al mundo entero.
El Tao Te King señala “No hay mayor desgracia que no saber contentarse”. Las personas envidiosas son desgraciadas porque precisamente no están contentas consigo mismas ni con nada de lo que les depara la vida. Piensan que los demás son felices porque tienen cosas que ellos no poseen.
La gente envidia a los demás porque piensan que ellos consiguieron las cosas sin ningún esfuerzo o que por tener tal o cual cosa, solo por ese hecho son felices. “Para cada alegría pública también existe un pesar privado”.
Siempre
hay cosas que no sabemos de aquellos que creemos ser o imitar. No alcanzamos a
ver los hilos invisibles de los que
dependen consecuencias que solo conoceremos cuando probemos el “fruto prohibido”.
Por eso, los chinos en su “tercera maldición” consignan “Qué consigas lo que
deseas” en alusión a que siempre que conseguimos algo que deseamos, acarreamos
cosas que no deseamos.
Cuando
envidiamos a una persona, siempre encontraremos cosas de ella que nos hará sentir
agradecidos por ser quienes somos.
La cura de la envidia consiste en
estar agradecidos con quien somos y no otra persona.
Nadie
más que nosotros mismos podemos despertar o calmar nuestro enojo, nuestra
avaricia o nuestra envidia. Si destronamos al ser interior negativo que
tenemos, podemos hacer que la felicidad reine en nuestro interior.
Extracto del libro: El Poder del Tao
Lou Marinoff



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