martes, 20 de febrero de 2018

Los Tres Venenos - Ira, Envidia, Avaricia

Los Tres Venenos

Quinientos años antes de que Jesús dijera “Ama al prójimo como a ti mismo”, Lao Tse, escribió “Responde al odio con amor”.

Los taoístas reconocen que los estados de ánimo más tóxicos, los que producen la mayor infelicidad, son los que están infectados por lo que los budistas llaman Los Tres Venenos: la ira, la avaricia y la envidia.  Lao Tse sabía que la paz duradera no es el fruto de la imposición de la ley y el orden, sino más bien de la serenidad interior.

Solo cuando la mente se limpia de Los Tres Venenos, puede volver a su estado de dicha inmaculada: el Bloque Intacto.

Desintoxicar tú mente es una tarea personal que nadie puede hacer por ti. Solo tú puedes provocar tu ira, tú avaricia o tú envidia y solo tú puedes eliminar esos impedimentos para lograr la plenitud.

Todo el mundo tropieza con obstáculos a lo largo de su vida y son parte de la existencia humana, por lo que debemos de agradecer de manera cíclica.

Lao Tse aprendió del I Ching (Libro de las Mutaciones) y de su propia vida y lo plasmo en el Tao Te Ching o Tao Te King, hay veces que las fuerzas exteriores se alinean para favorecer nuestras aspiraciones y otras en que se alinean en contra y se oponen a ellas.

Todos sabemos qué hacer en el primer caso, cuando las fuerza exteriores no son favorables, simplemente aprovechar la oportunidad, pero el verdadero arte de vivir y el perdurable poder del Tao solo se ponen de manifiesto en el segundo caso, cuando nos enfrentamos con obstáculos. 

En estos casos, el I Ching le enseña a nuestro sabio interior que se desprenda de las personas o situaciones que le ponen trabas y que se retire a un entorno tranquilo y contemplativo donde pueda hacer surgir su poder interior. De esta forma, cuando los ciclos del mundo se nos vuelvan favorables, estaremos mejor preparados para hacer realidad nuestras intenciones.

Ira

Para los taoístas, las toxinas mentales son consecuencia de una visión negativa del mundo y de nosotros mismos.  Si cambiamos los pensamientos negativos por pensamientos positivos, los subproductos de nuestra conciencia dejarán de ser tóxicos para ser alegres. Y esta es la fuente de la felicidad verdadera. Para que el cambio se produzca, hay que practicar a diario, ejercitar con diligencia la fuerza de voluntad, reforzar sin tregua la visión positiva de nosotros mismos y del mundo en vez de la negativa. Entonces el mundo responde con la misma moneda, tal como las cuerdas reaccionan a las frecuencias del diapasón.

Si tu mente emite frecuencias negativas, tu mundo resonará negativamente, si son positivas, lo hará positivamente. Es ley de la naturaleza que esto suceda.

Según el Tao, si estás enojado, el origen de tu enojo no radica en la ira divina, ni en las deformaciones psicológicas que hayas aguantado de niño. Más bien reside simple y llanamente en el hecho de que no estás dispuesto a acomodar tu mente a la realidad. Las personas se enojan cuando esperan que el mundo se incline en una dirección determinada y en cambio se inclina en otra. Las personas se enojan cuando esperan que alguien se comporte de un modo determinado con ellas y en cambio ese alguien se comporta de otra manera.  El enojo siempre está dispuesto a llenar el hueco que media entre lo que esperas de la realidad y la realidad misma. El enojo surge cuando permites que tu ego se inflame con expectativas incumplidas. Se desvanece cuando privas a tu ego de toda expectativa y permites que tu conciencia resuene con arreglo a la realidad en lugar de albergar disonancias contra ella.

Actuar de esta manera, no significa que debemos someternos apáticamente a todas las injusticias del mundo, ni mucho menos. Personajes como Sócrates, Thoreau, Ghandi, Luther King, nunca se enojaron, nunca sucumbieron al odio, nuca recurrieron a la violencia.

El método taoísta para liberarse del enojo consiste en instalarse en un lugar tranquilo en dónde estés rodeado por la simplicidad de la naturaleza y en regular tu respiración. Entonces gradualmente tu mente sintonizará con la realidad y acabará por apreciar la belleza y la armonía que te rodeen. Entre tanto, lo que tú esperas del mundo y de los demás se quedará por el camino. El enojo se disipará y en su lugar florecerá el amor desinteresado.



La Avaricia

Lao Tse decía “No hay mayor calamidad que caer en la avaricia”

Las personas avariciosas  nunca son felices simplemente porque no logran satisfacerse. La avaricia enturbia la mente con deseos, y el deseo no conoce final. Podemos quedar satisfechos temporalmente, cuando cubrimos una necesidad, pero de inmediato nacen nuevos deseos y así continua la insatisfacción permanente. Las personas que necesitan algo pueden quedar satisfechas al cubrir sus necesidades, mientras que las personas que son psicológicamente “necesitadas”, nunca están satisfechas porque siempre desean algo más, algo distinto. Es el ego el que necesita cosas, y alimentar el ego sólo sirve para convertirlo en un monstruo insaciable.

La avaricia no solamente hace infeliz a las personas al privarlas de la posibilidad de sentirse satisfechas: también hace infelices a las personas de su entorno porque la gente avariciosa privará a los demás de cosas que necesitan en un fútil intento por satisfacer su propio deseo. Igual que el enojo, nuestra avaricia se vuelve destructiva contra nosotros y nuestro entorno.

Los orígenes de la avaricia los podemos hallar en la primera infancia. Cuando a un niño se le priva de su justa medida de cosas (juguetes, atención, amor de los padres) o se le vuelve mimado porque se le da más allá de lo que le corresponde, o se tiene miedo de no tener suficiente o de perder lo que se tiene, la avaricia puede  dominarlo para intentar compensar esa situación. Pero eso está condenado al fracaso desde el principio, pues la naturaleza misma de la avaricia garantiza que ninguna porción por más grande que sea, será capaz de llenar este vacío. Cuando más compensados estamos o más ganamos, más agudamente sentimos el vacío y más ardientemente buscamos más compensación o ganancia y, además, a toda costa. Éste es el círculo vicioso de la avaricia, un tormento insaciable.

La avaricia adopta muchas formas y puede manifestarse como lujuria, robo, glotonería, acaparamiento, hedonismo y una depravada indiferencia hacia el prójimo, junto con la incapacidad crónica de compartir, dar, perdonar y ser empático, caritativo o filantrópico. Todas y cada una de las formas de la avaricia conducen a la propia infelicidad y a la del prójimo.



Los celos como una forma de avaricia

Los celos suelen confundirse con la envidia, aunque en realidad son una forma de avaricia. Una persona siente envidia cuando ansía algo que otra tiene y ella no, como riqueza, fama, poder, etc. Esto es diferente de la avaricia, porque el avaricioso no carece de la cosa en cuestión sino que no puede lograrla en cantidad suficiente para satisfacer sus ansias. Una persona se pone celosa cuando teme perder algo que ya posee, como por ejemplo cuando ve que su marido mira a otra mujer. 

Puede tener celos de la otra mujer por miedo a perder el deseo, el amor o la fidelidad de su marido. Los celos funcionan más como la avaricia, puesto que pueden volvernos en exceso posesivos con las atenciones de otra persona, hasta el punto de desear monopolizarlas sin que nunca tengamos suficiente.

Al igual que el enojo, la avaricia puede disiparse de la mente. A diferencia del enojo, la avaricia es menos debilitante que el enojo y por lo tanto puede ser más fácil razonar con personas que padecen de avaricia y arrancarla de raíz antes de que avance más y sea más perjudicial.

Desde el punto de vista taoísta, quienes buscan cubrir sus necesidades básicas no son avariciosos, mientras que quienes son avariciosos siempre desean mucho más de lo que necesitan. 

El antídoto contra la avaricia reside en desear cada vez menos en lugar de cada vez más. Al reducir tus deseos impedirás que éstos eclipsen tus necesidades. Y al satisfacer solo tus necesidades, descubrirás que la satisfacción ocupa el lugar de la avaricia. Una eliminada la avaricia, sentirás felicidad.



La envidia

Una persona celosa es la que teme a perder algo que ya es suyo, mientras que una persona envidiosa desea poseer algo que tiene otra persona. Ambos estados mentales son ponzoñosos y conllevan sufrimiento.

La envidia es un veneno presente en casi todas las personas, casi todos la hemos sentido en alguna ocasión. Tan extendida es la envidia, que casi todas las religiones la conciben como perniciosa. El Décimo Mandamiento dice “No codiciarás”. El catolicismo romano concibe a la envidia como una de los “Siete pecados capitales”.

Aunque la envidia no es tan explosiva, la envidia también tiene semillas de autodestrucción. Adán y Eva cayeron en la tentación de probar la fruta prohibida, por el atractivo que representaba la envidia que sentían por los Dioses. La serpiente les dijo “Comed esto y seréis como dioses”, y el precio que pagaron fue su expulsión del Paraíso.

Sus hijos Caín y Abel, también fueron víctimas de la envidia que resultó en el asesinato de Abel a manos de Caín.

También hubo envidias y rivalidad entre los descendientes de Abraham; Isaac e Ismael, cuya envidia por sus respectivas herencias terminó con la ruptura entre judíos y árabes y después entre el cristianismo y el islam, conflicto que aún persiste y afecta al mundo entero.

El Tao Te King señala “No hay mayor desgracia que no saber contentarse”. Las personas envidiosas son desgraciadas porque precisamente no están contentas consigo mismas ni con nada de lo que les depara la vida. Piensan que los demás son felices porque tienen cosas que ellos no poseen.

La gente envidia a los demás porque piensan que ellos consiguieron las cosas sin ningún esfuerzo o que por tener tal o cual cosa, solo por ese hecho son felices.  “Para cada alegría pública también existe un pesar privado”.

Siempre hay cosas que no sabemos de aquellos que creemos ser o imitar. No alcanzamos a ver los  hilos invisibles de los que dependen consecuencias que solo conoceremos cuando probemos el “fruto prohibido”. Por eso, los chinos en su “tercera maldición” consignan “Qué consigas lo que deseas” en alusión a que siempre que conseguimos algo que deseamos, acarreamos cosas que no deseamos.

Cuando envidiamos a una persona, siempre encontraremos cosas de ella que nos hará sentir agradecidos por ser quienes somos.

La cura de la envidia consiste en estar agradecidos con quien somos y no otra persona. 

Nadie más que nosotros mismos podemos despertar o calmar nuestro enojo, nuestra avaricia o nuestra envidia. Si destronamos al ser interior negativo que tenemos, podemos hacer que la felicidad reine en nuestro interior. 

Extracto del libro: El Poder del Tao
Lou Marinoff  

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